Las 3 “L”

Es miércoles en la mañana. Prendo la cafetera. Ya puedo sentir el aroma. Caliente y con un poco de canela, me dispongo a disfrutar de un buen rato de escritura mientras me tomo el café.
A fin de cuentas, me gustan las dos cosas.

Me asomo por la ventana. El día está hermoso. Todavía hay un vientecito fresco. Inhalo profundamente para llenar mis pulmones, mi mente y mi espíritu de esa paz.

Agradezco al Señor hasta por el café. Le presento mi día, el de mi familia y amistades. Todos siguen durmiendo.

El silencio que se adueñó de la casa desde la noche anterior, me hace una invitación desde temprano en la mañana. Es el momento perfecto.

Decidida, acudo a la cita. Me siento frente a la computadora, ya preparada para escribir.
La abro, la prendo, preparo la página. Pasan los minutos… ¡Y nada! Parece ser que las ideas se quedaron arropadas en la cama. Te ha sucedido, ¿verdad?

Por eso, he decidido compartir estos tres “remedios” que suelo utilizar para este tipo de monga que más que romperme los huesos, me rompe la cabeza.

Aquí van:

Leer: Primero leo.
Busco algún libro de entre mis favoritos y leo. Su lectura me inspira. A fin de cuentas, si su autor pudo hacerlo, ¿por qué yo no podría?

Busco uno cuyo género y estructura se parezcan al que deseo elaborar. Me fijo en toda su estructura y composición… Mirándolo como no lo había visto, con otra mirada.

Me detengo, no tanto en lo que dice, sino en cómo lo dice. Es decir, presto atención al estilo, a las técnicas que utilizó para expresar las ideas.

Busco uno que se me haya hecho fácil leer por tener un vocabulario y estilo sencillos. De esos a los que describo como “de lectura ligera” porque pareciera que vas volando placenteramente mientras lees o que vas guiando por una carretera recién embreada. No hay hoyos que esquivar ni voy brincando bruscamente en mi viaje.

Leer: Leo más.

Suelto el libro y busco algunos de mis escritos anteriores. “¡Lo hiciste muy bien¡ ¡Me gusta! No sé cómo lo hiciste, pero lo hiciste”, me digo a mí misma.

Leo uno, dos, tres… “¡Si lo hice una vez, podré hacerlo otra vez! ¡Claro, podría mejorar en esto y aquello”, pienso para animarme.

Leer: Leo aún más.

Busco un libro que trate sobre el tema del cual quiero escribir. Leo un tanto de ese, de este y de aquel.

Investigo unos cuantos más. Estudio y trato de comprender mejor el asunto.

Me planteo qué nuevo enfoque y distinto le daré a mi libro. ¿Qué nuevas ideas abordaré? ¿Cuán diferente es mi objetivo principal del de los demás?¿Qué otros recursos deseo utilizar para expresar mi mensaje? ¿Cómo lo quiero organizar?

Y decido escribir mi libro desde mi punto de vista para cumplir mi objetivo que lo hará único.
Entonces, recobro el ánimo, me siento más segura y dispuesta a escribir.

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